La evaluación: ese proceso tan difícil que a veces se hace tan fácil (Parte 1)

El número ese escudo perfecto

Eboixader

6/27/20263 min read

Sobre todo a final de curso tengo varias imágenes grabadas de las evaluaciones. Compañeros —buenos docentes, por cierto— que al final de la evaluación miran su cuaderno, suma unos números, hace una media y dice: "Fulanito le sale un 4,3. Le pongo un 4". Y listo. Misión cumplida. Evaluación hecha. ¿O no?. Aquí está el problema, y creo que es uno de los problemas más grandes que tenemos los docentes: confundimos calificación con evaluación. Y no es lo mismo. Para nada. Y de esto ya hace mucho tiempo.

Nos escudamos, y lo entiendo

Seré honesto: también me escudo. Y lo justifico, porque el sistema nos empuja a ello. Tenemos grupos grandes, ratios imposibles, burocracia que nos come las horas, y encima tenemos que justificar cada nota como si fuéramos peritos judiciales. En ese contexto, aferrarse al número es una forma de sobrevivir.


Pero sobrevivir no es lo mismo que hacer bien nuestro trabajo.

El escudo del número tiene otra función que no siempre nos gusta reconocer: nos protege de la conversación difícil. Si la nota "está ahí", si está "objetivamente calculada", ya no tenemos que explicarle a nadie —ni a los alumnos, ni a las familias, ni a nosotros mismos— por qué alguien que lo ha dado todo se queda en un 4, o por qué alguien que no ha aprendido nada ha aprobado con un 5.

El número: ese escudo tan cómodo

Poner un número es fácil. Terriblemente fácil. Tenemos exámenes, tenemos rúbricas, tenemos medias ponderadas y hasta aplicaciones que te calculan la nota automáticamente. En treinta segundos tienes el 5,7 de Pepe o el 4,2 de Laura, y con eso nos quedamos tan tranquilos.

Pero ese número, ¿qué nos dice realmente de Pepe? ¿Qué nos dice de Laura?

Nos dice que en la suma de unas pruebas diseñadas por nosotros, en un momento concreto, con unos criterios que nosotros hemos fijado, han obtenido esa puntuación. Punto. Nada más. Y ojo, que no digo que eso no tenga valor. Lo tiene. Pero no es la evaluación. Es solo una parte de ella, y muchas veces, la mayoría ni siquiera la más importante.

¿Qué es entonces evaluar de verdad?

Evaluar de verdad es incómodo. Es sentarse a pensar en cada alumno y hacerse preguntas que a veces no tienen respuesta cómoda:


¿Ha progresado respecto a donde estaba? ¿Parte de una situación más difícil que la del resto? ¿Lo que le estoy exigiendo tiene que ver con lo que necesita aprender, o con lo que a mí me resulta fácil medir? ¿He identificado cuál es su mayor obstáculo y he hecho algo al respecto?

Esas preguntas no tienen una casilla en el cuaderno de notas. No caben en ninguna app. Y requieren algo que escasea: tiempo para pensar, y voluntad de mirar más allá del número.

El docente que evalúa de verdad hace algo muy diferente

Un docente que evalúa de verdad observa. Antes del examen, durante el examen, y sobre todo fuera del examen (que no solo hay examenes). Recoge información de mil sitios: cómo pregunta un alumno, cómo reacciona cuando se equivoca, qué hace cuando nadie le mira, si el martes estaba desconectado porque en casa había algo gordo.


Un docente que evalúa de verdad también usa esa información para tomar decisiones. No solo la nota final: decisiones sobre cómo vuelve a explicar algo, sobre a quién da más tiempo, sobre qué actividad cambia porque no está funcionando.

Y un docente que evalúa de verdad se pone incómodo. Porque evaluar de verdad implica aceptar que a veces el problema no está solo en el alumno.

Continuará ...

Educación

Aprender puede ser divertido

Contacto

ernesto@fundacionflors.es

© 2024. All rights reserved.

Si no contesto en 2 días, envíame un mail