La evaluación: ese proceso tan difícil que a veces se hace tan fácil (Parte 2)

La coartada pedagógica

Eboixader

6/27/20265 min read

Contenidos, competencias y resultados de aprendizaje: no es lo mismo, y ya va siendo hora de entenderlo

Voy a escribir algo que puede molestar a algunos compañeros/as, y lo digo con todo el respeto (y con toda la convicción) del mundo: hay docentes que llevan años evaluando contenidos creyendo que están evaluando competencias. Y no se han enterado.


No es un insulto. Es un diagnóstico.

El síndrome de la tarea que no salió bien

Y aquí llegamos a otro vicio que me parece especialmente injusto, y que veo con demasiada frecuencia.

Imagina a un alumno, llamémosle Diego, que durante todo el trimestre ha participado, ha entregado sus trabajos, ha preguntado, ha mejorado. Pero llega una tarea concreta, o un examen específico y le va mal. Quizás ese día tenía la cabeza en otro sitio. Quizás esa actividad en concreto no conectaba bien con su manera de aprender o de ser. Quizás le falló algo puntual.


¿Qué hacemos con Diego

Llevamos más de una década hablando de evaluación por competencias. Primero con la LOE, luego con la LOMCE, ahora con la LOMLOE. En Formación Profesional, los resultados de aprendizaje llevan con nosotros desde hace mucho más tiempo. Y sin embargo, muchas programaciones siguen organizadas por temas del libro (sinceramente, hoy en día ¿libro?).

Muchos exámenes (que a veces es el único instrumento de evaluación) siguen midiendo si el alumno recuerda una definición, una fecha o una fórmula. Muchas calificaciones siguen basándose en la acumulación de conocimientos y en la ejecución de procedimientos mecánicos, sin valorar si el alumnado es capaz de aplicar esos aprendizajes para resolver problemas, tomar decisiones o crear algo nuevo.

Eso no es evaluar competencias. Eso es evaluar contenidos con otro nombre.

La diferencia no es semántica. Una competencia no se demuestra repitiendo información: se demuestra aplicándola en un contexto real o simulado, tomando decisiones, resolviendo algo que no está resuelto de antemano. Y eso cambia radicalmente cómo tienes que diseñar tus tareas, tus criterios y tu forma de mirar el trabajo del alumno

Hay docentes que, en ese momento, convierten ese fallo puntual en el centro de todo. La tarea que no salió bien pesa más que todo lo anterior. El suspenso en el examen borra las semanas de trabajo constante. El error se convierte en la definición del alumno.

Eso no es justo. Y tampoco es pedagógicamente correcto.

Evaluar es obtener una imagen lo más completa posible del aprendizaje de alguien. Y una imagen se construye con muchas evidencias, no con una sola. Si Diego ha demostrado en diez ocasiones que sabe, que avanza, que se implica, y en una ocasión no ha podido demostrarlo, la imagen de Diego no puede quedar definida por esa ocasión.

Esto tiene un nombre en la literatura pedagógica: es el principio de suficiencia de evidencias. Para emitir un juicio evaluativo fiable necesitas cantidad y variedad de evidencias. Una sola tarea, por muy importante que sea, raramente es suficiente para decir que alguien "no sabe" algo. Y hay algo más: lo que no se puede hacer es evaluar negativamente aquello que no se ha evaluado positivamente en ningún momento. Si un alumno no ha tenido la oportunidad de demostrar algo, no puedes usar esa ausencia como argumento para suspenderle. Eso no es rigor. Es injusticia disfrazada de exigencia.

La trampa de "soy muy exigente"

Me encuentro a veces con el argumento de la exigencia como si fuera una medalla. "Es que yo soy muy exigente", se dice, casi con orgullo. Y no lo cuestiono: la exigencia, bien entendida, es una forma de respeto hacia el alumno. Le estás diciendo que crees que puede más.


Pero hay una diferencia enorme entre ser exigente y ser inflexible. Entre tener altos estándares y penalizar cualquier error como si fuera un pecado capital.


La exigencia real se ocupa de que el alumno llegue donde tiene que llegar. Se preocupa por los pasos que da, le da herramientas cuando tropieza, le señala con precisión qué tiene que mejorar y le da la oportunidad de mejorarlo. Eso es exigir con sentido. Lo otro (centrarse en lo que falla ignorando lo que funciona, usar el suspenso como herramienta de presión, mantener una visión exclusivamente negativa cuando la imagen global dice otra cosa) no es exigencia. Es otra cosa. Y merece llamarse por su nombre.


El peligro de hacer fácil lo que es difícil

Cuando simplificamos la evaluación a un número, cometemos varios errores que tienen consecuencias reales.


El primero: le decimos al alumno que lo que importa es la nota, no el aprendizaje. Y eso lo aprenden muy rápido. Más rápido que los contenidos, desde luego.

El segundo: perdemos información valiosísima. Un 5 puede esconder a un alumno que ha crecido enormemente desde un punto de partida muy bajo. Y un 8 puede esconder a alguien que podría haber llegado mucho más lejos y se ha conformado con hacer lo mínimo.

El tercero, y quizás el más peligroso: dejamos de mejorar como docentes. Si el número lo justifica todo, no hay nada que revisar. No hay nada que ajustar. No hay espejo en el que mirarse.

No es fácil, y no debería serlo

Termino donde empecé. La evaluación es difícil. Debería serlo, porque lo que estamos valorando es complejo: el aprendizaje de personas distintas, en contextos distintos, con puntos de partida distintos.


Cuando se nos hace demasiado fácil, algo está fallando. O hemos simplificado tanto el proceso que hemos perdido lo esencial, o nos hemos convencido de que un número dice más de lo que realmente dice.

Los docentes somos profesionales de la educación, no máquinas de calcular medias. Y aunque a veces el sistema no nos ponga fácil ejercer esa profesionalidad, sí podemos resistir la tentación de escondernos detrás del número cuando las cosas se complican.

Podemos resistir también la tentación de evaluar lo que nos resulta cómodo medir, en lugar de lo que realmente importa aprender. Y podemos resistir, sobre todo, la de construir la imagen de un alumno solo a partir de sus fallos, ignorando todo lo que sí ha conseguido.

Porque nuestros alumnos, en el fondo, no nos piden que les pongamos una nota (lamentablemente eso lo hace la Administración). Nos piden que les veamos. A ellos y ellas. A todas ellas y ellos. No solo a la tarea del miércoles que no les salió bien, o sí.

Y eso sí que es evaluar.

Educación

Aprender puede ser divertido

Contacto

ernesto@fundacionflors.es

© 2024. All rights reserved.

Si no contesto en 2 días, envíame un mail